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oso chucho 2 doble v2.

agosto 13, 2019

Disparates con cola

Por: César Carvajal Santoyo*

Hace más de dos siglos Jeremy Bentham se refirió a los derechos humanos como disparates en zancos. El propio Bentham, sin embargo, propuso en otro pasaje que llegaría el momento en que la especie no sería una barrera para el reconocimiento de derechos legales a seres capaces de sentir y, por lo tanto, de sufrir.

El caso de Chucho, un oso andino o de anteojos, que ha estado en cautiverio desde sus 4 años y que fue trasladado de una reserva natural al zoológico de Barranquilla, suscitó un interesante debate sobre los derechos de los animales, en una audiencia pública convocada por la Corte Constitucional a raíz de la acción de hábeas corpus que presentó un ciudadano, en defensa de su libertad.

En este escenario, desde una esquina, se cuestionó la atribución de derechos a seres que no son racionales y la humanización de los animales, se insistió en que la dignidad es exclusivamente humana, se advirtió sobre los problemas de una suerte de “tutelatón” animal  y se sostuvo que más que en Chucho las autoridades deben pensar en el valor de esta especie dentro de su hábitat; desde la esquina opuesta, se denunció que condicionar los derechos a la razón, o el lenguaje excluye de su protección a buena parte de la humanidad, se defendió la necesidad de eliminar el sufrimiento de los seres sintientes como un problema de justicia, se argumentó a favor del derecho de cada animal a florecer según las características de su especie y se explicó, en fin, la necesidad de crear mecanismos de representación y protección adecuada para que quienes utilizan el lenguaje hablen en defensa de seres sintientes, vulnerables y silenciosos, aunque no por ello irracionales.

El testimonio de Orlando Feliciano, un médico veterinario que cuida osos andinos desde hace más de 20 años, educa comunidades para que tengan relaciones armónicas con los osos y adelanta tareas para la recuperación y retorno al hábitat de estos animales, conmovió a la audiencia. Sin embargo, en un receso, pareció lamentarse… “tal vez demasiado emotivo, pero tocaba”, confesando así la inseguridad que sienten los defensores de los derechos de los animales al ser cuestionados desde la razón, como un eco de la exclusión histórica de los animales del “reino de los fines”, por la (supuesta) carencia de razón y lenguaje. Como subtexto de la discusión, la defensa de los animales fue mayoritariamente asumida por mujeres, quizá como un testimonio del creciente interés que parte del movimiento feminista ha desarrollado en torno al trato debido a los animales.

La audiencia de la Corte Constitucional enseñó al país una vigorosa tendencia internacional de reconocimiento de derechos a los animales y enfrenta ahora a la propia Corte a asumir a los animales en serio y precisar su vacilante jurisprudencia de los últimos años. Esa jurisprudencia que en 2010 ordenó la erradicación paulatina del sufrimiento en las corridas; mientras que en 2016 consideró admisible que los animales sean considerados “seres sintientes” y “bienes”, es decir, cosas sintientes, condenándolos a permanecer en el mundo de los medios (a la contradicción de las “cosas sintientes” subyace la defensa de la propiedad privada).

Seguramente, muchas personas aún consideran que los derechos de los animales son disparates con colas. La audiencia de la Corte, sin embargo, demostró que la relevancia de una discusión que desafía la comprensión de nuestra dignidad y el valor de otros seres; reivindica a las emociones como medio de conocimiento y fundamento de decisiones y pone en evidencia que los derechos fundamentales constituyen ante todo definiciones decisivas sobre lo que nos importa como sociedad y sobre el alcance de la Justicia.

Al elevar de esta manera el proceso deliberativo, la Corte implícitamente se impuso un conjunto de cargas mínimas: la obligación de decidir de fondo, y no con base en razones procedimentales que pudo evaluar antes de iniciar este diálogo; la de pensar en el bienestar de Chucho, en el porvenir de la especie, en su valor dentro del ecosistema, y en los derechos de los demás animales; la de indagarse creativamente por el papel de las acciones constitucionales para la defensa de los animales. Y, claro, la de decidir pronto, pues Chucho, a sus 24 años, es un animal de edad avanzada.

*Columnista invitado.

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